martes, 16 de junio de 2009

EL HOMBRE por NORMA SALINAS


El hombre madrugaba.
Ese día de abril, especialmente madrugaba.
Iba hasta la orilla y saltaba sobre la proa de la canoa dejando un abanico de agua que se extendía elevando miles de diminutas olas.
Bajaba los remos que dormían en cruz y los hundía en el río.
Las niñas ya estaban despiertas.
El hombre las llamaba con una señal de su mano y juntos bajaban hasta la embarcación.
Ellas subían sin hacer ruido y se acurrucaban en la planchada, mientras al avanzar río arriba comenzaban a formarse remolinos en el agua para dejar atrás una senda líquida.
El amanecer era fresco y los olores verdes.
Entonces el hombre comenzaba su relato.
Era el mismo repetido todos los años para la misma fecha y no por ello dejaba de ser interesante.
El hombre comenzaba con un largo silencio, para crear un clima de expectativa y respeto.
Y entonces fijando la mirada en el horizonte de sol brillante, hablaba en un tono suave.
El hombre era algo así como un anciano prematuro, con pocos años y mucha experiencia recogida.
El relato hablaba de la creación y de la Pascua; una versión de la Biblia, con ciertos argumentos que se habían ido sumando con el transcurso del tiempo y las distintas interpretaciones familiares.
Las niñas por momentos contenían la respiración para no incurrir en una falta. Era demasiado sublime aquel día.
“Dios, había sido traicionado y muerto por su acérrimo enemigo. Entonces había que mantenerse en respetuoso silencio, no había que escuchar música ni bailar, ni comer demasiado, ni gritar, ni decir malas palabras, ni enojarse. Además era de rigor matar alguna alimaña, ellas simbolizaban al mal”.
El aire cobraba una magia que contenía al universo todo, la creación estaba manifiesta y ellas la reconocían en aquellas palabras.
Así transcurría gran parte de la mañana, con una fascinación que dormitaría en espera.
En el transcurso del viaje se adentraban en arroyos delgados, con sauces que bañaban su copa en las amorronadas aguas y allí se detenían para pescar algo, que sería luego el alimento, único y austero del día, así debía ser.
Al regresar la historia había dado un sesgo. Dios mañana resucitaría, el mal sería vencido un a vez más y con el lavado de cara y manos a las diez de la mañana la vida nuevamente sería un estreno.
El hombre satisfecho con la enseñanza impartida volvía remando sereno.
Ellas calladas, se sumían en reflexiones.
Al llegar, él acercaba la canoa al muelle y ayudaba a bajar a las niñas, para luego comenzar con sus tareas mínimas. Hoy solo se medita; decía.
Y todos los años, el mismo día, a la misma hora del amanece volvería a enseñar, a sembrar, acariciando con las palabras que habrían de sellarse en ellas para siempre como el Viernes Santo.
Entonces ellas lo miraban desde la orilla como se perdía a lo lejos entre el reflejo caprichoso del sol y el espejo dorado que se fundía sobre la canoa, y con la mano alzada saludaban.
A aquel hombre… su padre.

Norma Salinas

3 comentarios:

menta producciones dijo...

Hermosos textos, hermosas fotos!!! parece que todo se ha solucionado, gracias chicas, gracias querido fer!!! abrazos intersticiales...

Anónimo dijo...

Me gustó muchísimo, impactante la frase "... nuevamente la vida sería un estreno"
Wendy

TORMENT@171 dijo...

hermoso texto, muy personal y a la vez tan colectivo, un placer volver a leerlo.
besos